martes, 27 de diciembre de 2016

TROPIEZO Y ARREPENTIMIENTO


Nos abalanzamos en esta época con verdadera fiereza hacia los días de fiestas y de vacaciones navideñas como si no hubiese más días de regalos y de saraos, de cuchipandas y  de farra a lo largo del año. Son jornadas de consumismo caótico que nos sumergen en gastos de los que nos arrepentimos a partir del día seis de enero, al mismo tiempo que nos hacemos firmes promesas de que no sucederá nunca más, que en años venideros nos plantearemos estas semanas de otra manera (mejor decir que para el año que viene, que, como queda más cerca, parece que lo vemos a la vuelta de la esquina). En realidad, cuando echamos la vista atrás, nos damos cuenta de que es lo mismo que pensábamos el día siete de enero pasado. Siempre, como fieles religiosos en las fiestas de guardar, repetimos los mismos ritos y liturgias como si nos fuese la vida en ello. Dicen que el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra es el ser humano. ¡Cuán equivocado estaba aquel primer pensador cuando labró en la mente de la gente ese desdichado aforismo! El hombre, por su propia naturaleza, es capaz de tropezar, equivocarse, caer y volverse a levantar miles de veces, de las cuales saldrá siempre con el colofón de que no le sucederá jamás algo semejante, que ha aprendido la lección. Me río con el jajajá o jejejé clásico de los cuentos infantiles o de los mensajes de whatsApp que echan humo en días como estos. Porque, a fin de cuentas, hace años que seguí esa misma senda, de arrepentirme a primeros de enero, proponiéndome a mí mismo que nunca jamás recorrería el mismo camino y comprometiéndome a evitar pasar por los mismos tragos por los que habían transcurrido aquellas jornadas, para llegar al veintitantos de diciembre y continuar por los mismos derroteros que me había reprochado. No sé, pero a día de hoy me figuro que las fiestas de Navidad y esos días de vacaciones están puestos en el calendario para que las personas, aun siendo plenamente conscientes de ello, tropecemos un año tras otro con el mismo escollo y reconozcamos al final que no somos más que seres humanos inicuos que disfrutamos martirizándonos con pensamientos maquiavélicos con tal de pedir a nuestro cuerpo que nos perdone por los desórdenes causados en nosotros mismos y, en ocasiones, como consecuencia de ello, en los demás, a riesgo de que descubra que no estamos más que contándole la misma trola de todos los eneros y nos deje con el culo al aire.
 
Mientras, como estamos en ello, a continuar disfrutando con la sonrisa siempre dispuesta. Ya llegará enero para arrepentirnos.

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