Hace unos días, hablando con ella, con mi
nieta, de las relaciones familiares, estuvimos aclarando los conceptos de hijo
e hija confrontados a los de hijo político e hija política.
-O sea, Tito, que mami es tu hija, pero papi
es tu hijo político.
-Exacto. Muy bien, lo has cogido enseguida,
cielo.
-Y papi es hijo de los abuelitos del
Freisnu y mami es su hija política.
-Eso es!- exclamé yo todo ufano.
-Yaaaa. Bueno. – asintió como si la
comprensión de esos conceptos fuese lo más fácil del mundo.
Y ahí acabó la cosa. Siguió mirando el
álbum de cromos de una muñeca que le encantaba y revisando los que tenía repes
para llevar alguno al cole al día siguiente y regalárselos a sus amiguitas.
Mientras, yo me repantigué en el sofá junto
a mi cama, donde ella desplegaba los cromos, y seguí con mi lectura, una novela
sobre un soldado perdido en una isla caribeña en los primeros tiempos de la
conquista de América. No había leído ni media docena de páginas, cuando me fijé
en que la cría se levantaba con un puñado de aquellas estampas y salía de la
habitación. La seguí con el fin de saber qué se le había ocurrido.
-Las voy a guardar en la mochila, Tito. Son
las que voy a regalar a mis amigas.- Y corrió a la habitación contigua donde,
sobre una silla acolchada, depositaba nada más entrar en casa su mochila y su
chaquetón.
Oí el deslizamiento de la cremallera de su
mochila correrse y luego cerrarse. Después no tardó un segundo en volver a mi
habitación y lanzarse sobre la cama nuevamente.
-Ya están, Tito; ahora, ponme nenucos.- Ya
se había sentado, apoyada la espalda en un cojín que a su vez descansaba sobre
la almohada, y estaba estirando una manta para taparse de medio cuerpo hacia
abajo.
-Ah, no. Primero, recoge el álbum y esos
cromos que dejaste sobre el edredón.
-Luego, Tito.
-No, Así no hay dibujos en el tele.
A trancas y barrancas, algo enfurruñada,
fue apilando los cromos sueltos hasta que formó un montoncito que posó sobre la
mesita; a continuación, agarró el álbum, lo acomodó a su derecha y me miró.
-Ya está, Tito- me dijo fijándose en la
situación de ambas cosas, mientras, de reojo, comprobaba que mi gesto denotara
que todo estaba correcto.
-Vale. Ahora sí que te pongo los dibujos en
la tele. ¿O prefieres una peli?
-No, no, de nenucos.
-Bueno, pues de nenucos.- había encendido
el televisor y en el canal de YouTube busqué los dichosos nenucos.- Pero sólo
un poco, eh. Te voy a preparar la merienda y, en cuanto acabes, nos vamos.
-Que sí, Tito, pero ponlos, anda.
Aguanté otros diez minutos leyendo antes de
dirigirme a la cocina a por su merienda: hoy tocaba sándwich de Nocilla y zumo
de naranja. Lo dispuse en una bandeja con un par de servilletas y se lo llevé.
La tengo mal acostumbrada. Allí mismo, sobre la cama, cruzó las piernas y sobre
ellas le instalé la bandeja. ¡Gracias que no me ve mi hija, porque si no…!
Al cabo de un cuarto de hora, no quedaba ni
una miga de pan ni una gota de zumo. La vestí y después salimos a la calle.
Había quedado con mi mujer, quien sería la que la conduciría a su casa ya que
los padres debían de estar al llegar.
Cuando se presentaron ante la puerta,
oyeron dentro un ruido: la rumba, esa aspiradora automática que se cuela por
todos los rincones, estaba funcionando. Por lo visto, el padre estaba en casa,
aunque no hacía mucho tiempo de ello puesto que su anorak descansaba aún sobre
el respaldo de una silla de la cocina y su cartera, donde guarda el ordenador
portátil y la documentación pertinente a su trabajo, reposaba sobre el mueble
que cubría el radiador a la derecha de la puerta del salón.
Enseguida, la niña lanzó su mochila a la
esquina donde la depositaba a diario, se quitó el abrigo, que fue a dar al sofá,
y los playeros aterrizaron de cualquier manera sobre la alfombrilla que se
hallaba dispuesta en una esquina, a la vera de sus zapatillas, que no se calzó
porque casi siempre anda sin ellas por casa, sólo con los calcetines. Se
dirigió corriendo hacia él a abrazarlo y darle un beso.
-¿Jugamos, papá?- preguntó sin casi no
darle tiempo ni a llevar las cosas a su despacho.
-Espera, Celia. Voy a dejar esto y vengo.
Pero, antes, ese abrigo tuyo a su sitio y los playeros bien colocados.
-No te preocupes, estoy yo un rato más con
ella. Tú haz lo que tengas que preparar para mañana.- se ofreció la abuela, que
ya se estaba quitando el abrigo y los zapatos.
Una vez que la niña hizo lo que había
mandado su padre, allí estuvieron las dos enredando con las muñecas un pedazo
hasta que él terminó sus quehaceres, los cuales realizaba a diario telemáticamente
enviando sus datos a la empresa, y dejó todo listo para el día siguiente.
-Bueno, yo me voy, que tengo que ir a ver a
Luis, quedé con él…- la abuela miró el reloj- …dentro de un cuarto de hora. No
sé si llegaré. Tengo que llamarlo para que me espere; si ve que no llego a la
hora, igual cree que me fui andando para casa.- La abuela ya se había calzado y
puesto su abrigo-¡Hala, Celia, anda, dame un beso, cielo!- y se agachó para
esperar el choque inevitable de la niña que se había levantado del suelo como
un volador y corría hacia sus brazos.
-¿Por qué no te quedes otro poco, mamá
Nini?- como llamaba ella a su abuela.- Para acabar de dar la cena a Calisina-
su muñeca preferida a la que quería embutir el biberón aunque apenas disponía
de abertura suficiente en la boca para ello.
No, mi vida, que tengo prisa- Y la cubrió
de besos por la cara y la frente- Ahora vas a jugar con papi.
-Bueno, pero tú también puedes jugar con
nosotros. Es tu hijo “automático”.
-¿Quééé?-se quedó patidifuso Jose. Debieron
de poner tal cara de estupefacción tanto la abuela como el padre, que la niña se quedó observando a ambos
alternativamente ante aquel gesto tan incomprensible en aquel momento, como si
les hubiese dicho que la Luna era un queso que se comían los ratones del cielo
poco a poco hasta que lo acababan y entonces tenían que ir al mercado a comprar
otro entero, como sucedía en el cuento que un día le había relatado su abuelo.
-Papi, que es tu hijo “automático”, que me
lo dijo Tito Luis en la merienda.- le explicó ella muy seria a su abuela.- Como
mami, que es la hija “automática” de los abuelitos del Freisnu.
No fueron capaces ninguno de los dos
adultos de evitar la aparición de una sonrisa seguida de una carcajada del
padre.
-¡Hijo político, mi cielo, po-lí-ti-co!-
acertó a decir la abuela entre sonrisas.
-Bueno, eso, político, qué más da.-
concedió a medias la cría, aunque sin olvidar el origen de la explicación. ¿Por
qué no te quedas Mamá Nini?
Ya lo sabes, vidina, no puedo, voy a buscar
a Tito Luis. ¡Hala, dame un besín, anda!
La niña se le acercó un tanto ofuscada,
aunque cuando le pegó su carita a la mejilla le dio un sonoro beso y después
corrió hacía su padre.
-¡Venga, papi, vamos a jugar!
La abuela abrió la puerta y, antes de
cerrarla a su espalda, se despidió de ellos con una sonrisa aún en su rostro.
-Hasta mañana, Celia. Y que lo pases bien,
hijo “automático”, hasta mañana.
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