Ha vuelto a llover, más bien a jarrear.
Lleva desde las dos sin parar y ya son las seis y cuarto de la tarde. Al fijar
la vista en la ventana, cuya persiana está medio cerrada, el atardecer se echa
encima y poco falta ya para que anochezca, cosa de veinte o treinta minutos
hasta que la oscuridad se apodere del
mundo en que vivo.
En la habitación de al lado, sobre la cama
matrimonial, mi nieta, de “casi cuatro años”- como me recalca ella cada dos por
tres desde hace un par de semanas- se entretiene desde hace quince minutos con la
vista clavada en la televisión que, conectada al canal de YouTube, proyecta
imágenes de una niña o un niño, no sé
muy bien cuándo ve a una o a uno, de esos repipis a las que sus padres quieren
hacer famosos. Hoy, por lo que oigo desde esta habitación al lado, le toca a
una de esas crías, ayudada para más inri por sus progenitores, abrir paquetes
de Papá Noel. Me levanto del ordenador y me acerco hasta la puerta para ver a mi
nieta tumbada sobre los cojines, totalmente abstraída, con los ojos cautivos de
las imágenes. En la tele, la pared de una sala bastante grande se halla repleta
de paquetes envueltos en papel de regalo con todo tipo de juguetes, muñecas,
libros, maletines de distintas profesiones con sus accesorios, y por el suelo
muchos de ellos ya abiertos y abandonados en una esquina.
De vez en cuando, un ese me lo pido yo me aturulla y me estrujo las meninges para
intentar del modo más comprensible posible justificar más adelante ante mi
nieta, porque ahora su mente e imaginación están en otra parte, el hecho de que
es imposible que los Magos, sean Reyes o Noeles, puedan cargar con tanto o que
si piden mucho a lo mejor no les traen nada, o… yo qué sé, buscar soluciones
sencillas a problemas que nos vienen dados por la incongruencia y avaricia de
gente que no duda en explotar a sus hijos con este tipo de prácticas.
Porque la verdad es que esos programas lo
plantean como si cualquier niño o niña pudiese acceder a todos ellos siguiendo
el ejemplo que le dan por ese canal. Así, no es de extrañar que le preguntes a
un niño cualquiera y te conteste con una retahíla de peticiones para esa noche de
Adviento o para que se lo traigan los Reyes. Ve que todo es muy fácil, debe de
ser que sólo hace falta un pedid y se os
dará porque de otra manera su precio sería inadmisible para cualquier
familia. Pero, claro, esto último el niño aún no lo entiende. Esa niñita, de
cinco o seis años, con miles y miles de seguidores en la red, abre y abre
paquetes porque alguna casa comercial se los hace llegar gratis para que la propaganda
sea más efectiva. Los pequeños, que miran la tele hechizados, como mi nieta, no
entienden de eso, sólo ven que es posible tenerlo todo. Y casos habrá en que el
desengaño cuando llegan esas fechas puede tornarse en algo peor al darse cuenta
que no todo lo pueden tener.
Sí, sé que los padres, responsable y
didácticamente, han de explicárselo antes de que la desilusión llegue a término,
pero bien podrían esos que mandan y que tanto presumen de defender a la
infancia de echar una mano para evitar semejantes dislates.
¿No hay ninguna asociación o fundación o
institución u Observatorio que vele por la salud mental de la infancia
prohibiendo semejantes desatinos? ¿No hay ninguna Dirección General por algún Ministerio
o Consejería que se ocupe de ello? Pues debería.
Y mientras, no se desilusionen si
a ustedes no se lo dan todo: una sonrisa puede ser el mejor regalo…para un
adulto, porque el niño siempre esperará algo más, aunque sólo sea un beso y una
caricia, y cuantos más mejor.
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