sábado, 29 de diciembre de 2018

VIAJE


Fue un liviano roce de mi dedo índice
sobre el dorso pálido, rugoso y frío
de tu mano extendida exánime
posada en la blanca sábana de hospital
el que descargó en mi interior
con rotundidad extrema y sin fisuras
la certeza de tu viaje anunciado.
Un instante tan vívido y cruel
que traspasó las fronteras de mi alma
hasta entonces negada tozudamente
a constatar la realidad más evidente,
obstinada y escéptica sobre creer
que las ataduras de su gemela
se hubiesen vuelto casi inánimes.
Y fue entonces cuando deposité,
como si de una ofrenda religiosa se tratara,
un etéreo pero hondo beso en ella
anhelando con una emoción contenida
que a tus entrañas llegara el cariño,
el respeto y la consideración que sembraste
durante muchos años a tu alrededor.
No fue hasta horas después,
cuando la amargura  más brutal
me alcanzó de forma despiadada,
la constatación explícita y diáfana
de tu ausencia corporal absoluta,
del desencadenamiento suave y dulce
de tu espíritu en busca de calma.
Descansa en paz, mi amigo,
descansa y solázate en ese otro paraíso
en el que la risa fresca y franca
y la luz brillante y celestial del amor
que has atesorado en tu vida terrenal
aguardan ansiosas tu presencia
para disfrutar de tu alegría y tu bondad.
Amén.
(a un amigo muy querido, a un compañero, a un hermano)

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